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Solíamos pasar horas maravillándonos con sus fantasías. Su mágico pique corto, su detreza para eludir rivales con ese explosivo quiebre de cintura que a todos dejaba parado. Esa capacidad para adelantarse por una milèsima de segundo a sus rivales en la forma de definir sus jugadas.
El Vili "Chacho Coudet" Villafañe sabía de magia en los campos de juego. Pero lo que nosotro no conocíamos era que toda esta historia de ensueño se sostenía, frágil como una pompa de jabón, a un tremendo costo. Su ADICCIÒN A LA PASTA BASE, de la que nos queda este elocuente registro gráfico, era como la espinaca de Popeye que le inyectaba sea magia que a todos enamoraba.
Feo es el desengaño. Primero Pelusa, ahora el Chacho.¿Qué hicimos los argentinos para merecer tanto?


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